Sally Hansen en Lavish

Amor de invierno

Hubo una época en la que me compraba cualquier esmalte que se me cruzaba en el camino. También me compraba millones de anillos. Si sos sicóloga y sacaste alguna alocada conclusión con esos datos, guardátela. No aclaremos que oscurece.

Estábamos en el tema esmaltes. La mudanza hizo que me deshiciera de más de la mitad de mi colección, porque no era cosa de andar arrastrando un arcoiris de una punta a otra del continente. Me traje solamente los elegidos (podemos volver a eso otro día) y me largué al maravilloso mundo de las farmacias y perfumerías estadounidenses con la alegría propia de una nail polish addict en el paraíso. Y pasó lo impensable. Me curé. Hoy encaro la compra de esmaltes como quien compra acciones en la bolsa: después de un sesudo análisis, propio o ajeno (como con Chinchilly).


Como venía corta (en términos caprichosesencialescos) de esmaltes de invierno, desde hace semanas venía ojeando rojos, borgoñas y afines. Hay para tirar al techo (si es que te bancás el despelote que se te arma después), pero ninguno me convencía. Hasta que un día apareció un display nuevo de Sally Hansen en mi CVS y zas, fue amor, oh, sí fue amor.

Premio platónico (?) para la que haya cazado la ridícula referencia musical de la última línea.

Lavish es un esmalte con acabado velvet. En la botella tiene un dejo avioletado que no se traslada a las uñas. La aplicación es maravillosa gracias a un pincel firme que permite bastante control. La fórmula es súper dócil y se desliza sobre la uña liviana y pareja. Hacen falta dos capas para alcanzar la gloria, pero esto no es un problema porque se seca al toque. En lo que terminaste la segunda mano ya podés volver a la primera. El acabado es único. Tiene una textura irregular pero no de esas que hacen que las uñas se te enganchen en todos lados. Además es mate, por lo que no usé topcoat. Pensé que eso podía ser un problema y que el esmalte iba a saltar al segundo día, pero no. Al cuarto día retoqué un par de puntas que estaban medio desgastadas (cosa que con este esmalte se puede hacer por la textura que tiene, ni se nota el retoque). Al quinto día me pregunté qué estaba pasando que este esmalte no se iba a ningún lado. Y al sexto día pasé veinte minutos intentando sacarlo. Sí, veinte. 

Resumiendo

Si te gustan los esmaltes duraderos y de bajo mantenimiento, este es para vos. Si querés cambiar de color cada dos días, también puede ser para vos, pero con 20 minutos de trabajo arduo. Para mí vale la pena, de hecho voy a tratar de conseguir otros colores. Y ahora que salgo de vacaciones, este color divino va derechito a mi pedicure.

Nota bene: producto comprado por quien escribe. Mis opiniones, poco profesionales, son todas mías y no recibo compensación alguna por estos delirios.Todos los links están libres de intención y pecado.